domingo, 14 de septiembre de 2014

La autora de estas narraciones ha partido y ya finalmente descansa.
En su memoria, rescataré y publicare sus últimas creaciones literarias antes de cerrar el blog
A todos aquellos que me han acompañado, ya virtualmente, ya en el trato personal, les quedo sumamente agradecido por su calidez tan generosa.

Juan Carlos Ramirez

Editor

domingo, 2 de septiembre de 2012

El Tobiano

Aprendemos desde niños que el raciocinio es lo que nos hace diferentes de las plantas, y de los animales. Pero yo tuve la osadía de dudar y descubrí, contado ocho años, que alguien se había equivocado en tal expresión.
Una mañana de enero caminaba yo como lo hacen todos los niños, distrayéndome con total libertad por cualquier cosa que despertara asombro: montones de mariposas blancas posadas en charquitos con barro que resistían al sol; alguna rana que croaba escondida entre los yuyos; una varita que recogida del suelo servía para revolearla en el aire acompañando el paso, o para dirigir la orquesta, ya que yo silbaba mientras cruzaba el campito hacia el almacén de Marrone. Para allí caminaba yo por encargo de mi madre, cuando a mitad del campo escuche el temido relincho y un sudor helado recorrió mi cuerpo.
El Tobiano estaba suelto y mi libertad, se esfumo. Con el último aliento profundo y antes de lanzarme a la corrida, lentamente levante los ojos y lo vi mirarme, a lo lejos, parado en sus cuatro patas, cabeza erguida. Al Tobiano no le gustaba la gente, nos miraba fijo con sus ojos bien redondos y negros, desafiante y bien ganada fama de devastador.  Una vez que se desataba era un tsunami que arrasaba con cálculo propio de un mañero, y cuando nos alcanzaba nos mordía. Había marcado su lugar y lo defendía a muerte o mejor dicho, a mordiscones. De ahí saque yo que el desgraciado pensaba, sabía muy bien lo que hacía; llegó a parecerme que a veces, mostraba sus dientes como sonriendo.
 Ahí nomás emprendimos la partida. No hacía falta que me diera vuelta para mirarlo porque sentía por el retumbar de su galope, que se me acercaba. Corrí lo más que mis pies me permitían pero pronto empecé a quedarme sin aliento y el zanjón salvador, aún parecía distante. Tenía que esforzarme para no quedar presa de su furia que parecía incontrolable. Con mi último aliento alcance a escabullirme cruzando el zanjón, el límite para sus tropelías.
Desde la seguridad de estar fuera de su terreno, me quede parada mientras el alma me volvía al cuerpo. Él no se sentía vencido, ni yo triunfante, ambos sabíamos que la partida no había terminado. Él relinchó mirándome fijo, y se alejó. Podría jurar que con su trotecito acompasado, cadencioso, me decía que había disfrutado el momento.
Ha pasado tiempo y he comprendido cosas, pero aún sostengo que el Tobiano pensaba, pero no es temor el que hoy siento. Hoy las mariposas se han ido, ya no levanto varitas del suelo, el croar de las ranas quedó lejos, y en donde vivo, ya no hay campitos que cruzar. Pero aún sigo silbando y de cuando en cuando, el Tobiano regresa a mí para seguir la partida, y divertirnos un poco, como cuando era niña.

Por: Nelly Esther Fiasque.

lunes, 16 de julio de 2012

Historias barriales

Entre las vías del ferrocarril Mitre y la calle España estaba el Monte de las Higueras, como lo llamábamos quienes vivíamos en aquel barrio conformados por apenas cuatro manzanas. Allí, todas las historias entraban y salían de las casas sin que ningún chisme quedara afuera. Todo se sabía, y aprendí aquello de que las palabras vuelan. Es de notar que eran vecinas muy afectuosas, ya que se visitaban todos los días; aclaro, por si acaso, que no había teléfonos.
Una mañana de tantas, una noticia corrió como reguero de pólvora y se derramó como la leche hervida: la Mari estaba de novia. La niña era solterona, así que no era cuestión de andar revolviendo la bolsa para buscar la bolilla que le faltaba, como si fuera una lotería. Él, que era alto, morochón, y malhumorado gruñon, pronto cometió el pecado de no saludar a las chismosas. A mí no me parecía algo tan terrible. Todos alguna vez nos levantamos y decimos: “¡Hoy no quiero ni que me miren!” La cuestión era que el Perro Negro había llegado al barrio; el apodo del novio de la Mari, no tardó en salir desde mi vecindad.
Ya se organizaron los turnos; a Josefa le tocaba averiguar a qué hora entraba, qué hacían, si estaba todo el tiempo adentro o si salían al patio. Ramona, la de enfrente, habría de saber si el novio se quedaba a dormir, esto es, saber si la novia todavía se conservaba casta y pura. Yo escuchaba como cualquier niña, en cualquier tiempo, en silencio; las palabras eran para los mayores, y guay con que acotaras algo. Se supone que los niños no entienden nada, aunque en realidad siempre saben todo.
Durante mucho tiempo el alimento abundó en el barrio; las vecinas estaban henchidas, tanto, que por una semana no salieron ni a la vereda, salvo que estuvieran de guardia. Pero el Perro Negro no era el único sustento de aquellas mujeres, gordas de deseos adormecidos. También seguían la historia del hijo del querosenero, el Obeso, a quien el Rengo Manuel, el de la esquina, lo había apodado el Equino, o sea, el Gordo dientudo. Su nombre era Abel, mayor que yo pero que aún así, ello no impedía que disfrutáramos por las tardes, jugando una partidita de payanas en donde no había ganador. Sólo compartíamos por un rato, el tiempo de crecer juntos.    
Todos poseemos una biografía, pensada por historiadoras surgidas desde el aburrimiento pueblerino. Hoy, ya grande, me preguntó cuál hubiese sido la mía. Qué aporte fáctico meloso hubiera protagonizado para que las chismosas tejieran como las arañas, la trampa fatal para la reputación de sus víctimas. No puedo dejar de pensar si al irme del barrio, me perdí conocer sobre mi historia, o me salvé de ella.

Por: Nelly Esther Fiasque

sábado, 16 de junio de 2012

La tetera, los invitados, y yo.


La espera ponía de buen humor a mamá. No era una espera pasiva o una espera de alguien que está llegando tarde, no me refiero a eso.  Mientras aguardaba a la visita, mamá preparaba esa receta heredada de una increíble torta, aprestaba cucharitas de uso muy restringido, platitos chicos y, esa linda tetera.
Tía Porota nos ponía contenta a todas, siempre  de buen humor, siempre trayendo algún regalito para mi hermana, y para mí. Las visitas no son comunes en el campo, en donde vivía, y ninguna merienda era tan esperada como la de los esos días porque lo normal era mate cocido en jarras de lata y no en tetera de porcelana.
Aprendí a cocinar viendo y asistiendo a mi mamá, asistiendo como solo lo puede hacer una niña de seis años, jugando.  Las comidas eran por demás sencillas, tan sencillas como la vajilla cotidiana: toda de lata. No tenían mayores pretensiones los comensales, hombres hambrientos que tras levantarse para el ordeñe a las cuatro de la mañana, habían trabajado duro y no era cuestión de hacerlos esperar.
Viviendo ya en Ezeiza y con familia propia, también tenía que satisfacer el apetito de todos en tiempos distintos; mi casa parecía la Pensión del Buen Comer, todos con horarios diferentes, apurados, y hambrientos. Sólo podía agasajarlos en los cumpleaños, preparándoles tortas y chocolates, y se volvieron muy asistidos; sospecho que era porque la Nelly, yo, hacía cosas ricas. Y me envalentone.
A medida que todos crecíamos mi sentido del tiempo cambió, no así mi necesidad de agasajarlos. Aprendí a tomarme el tiempo necesario para cocinarles lo que quería, aprendí a aprender cómo cocinar exquisito y variado. A medida que crecía, uno no envejece mientras aprende,  nuevos amigos me enseñaron, por ejemplo, que el maíz no sólo remitía a polenta. Que también eran nachos mexicanos o arepas colombianas; que los había de colores rojos, blancos, o casi negros. Supe que el chocolate no era la cascarilla de mi niñez, que era algo deliciosamente mágico y que había mil maneras de usarlos. Que el té podía tener infinitos aromas, colores y sabores, y que lo importante no era la tetera de ocasiones especiales, lo importante era qué representaba esa tetera, eso de poner nuestros lujos para hacer sentir especial a quien lo es. Que lo importante no era  una buena receta, que lo importante era haber mantenido viva esa receta que una abuela vieja le había enseñado a mi mamá, como yo se la enseñé a mis hijas.
Lo importante es agasajar a quienes queremos poniendo nuestro amor en ello.

Nelly  Esther Fiasque

domingo, 29 de abril de 2012

Timoteo. Entre el asombro, la verdad, y lo irreal

Timoteo se levanta sin prisa. Inicia la mañana con los amargos de siempre; la pava, castigada por el humo de la vieja cocina a leña, le avisa que el agua ya esta lista y uno tras otro pasan los mates. En cada uno de ellos quizás un recuerdo, o tal vez la tarea que falta por hacer. La soledad le da el tiempo necesario y los años, que no son pocos, el derecho. Se había quedado a vivir, por decisión propia, donde su madre Adelaida lo trajo al mundo.
Pegadita al alambrado y frente al patio, una gran planta con flores blancas colgando de sus ramas, unas pegaditas a las otras, esparcían su perfume por todo el lugar. Me encantaba verla erguida al cielo, como ofreciendo su belleza al sol. Con mi hermana conocíamos el lugar desde pequeña, y ello nos hizo dejar y tener huellas de incansables travesuras. El rancho tiene forma de ele con ventanas muy pequeñas, como para chismosear nada más. Sobre el largo corredor dan las puertas de las dos habitaciones y de la pequeña cocina. En el patio, la bomba chillona por desgastada, es el broche perfecto en aquel paisaje. En la base y del lado izquierdo, esta ahuecada. Allí Timoteo introduce la botella de moscato, el que tomaba rigurosamente todos los días; dice que así se mantiene fresquito.
Los ojos de Timoteo son grises y pícaros, como el pensamiento que lo envuelve. Tiene bigotes grandes, tupidos, en donde siempre alguna que otra miga juega a las escondidas. Es hombre gruñón y difícil de tratar. En su corazón anidan muchas experiencias de soltero, y de casado. Sus cuentos me hacen reír y muchas veces vagar entre el asombro, la verdad, y la irrealidad. Por momentos sus relatos sobrepasan cualquier posibilidad de credibilidad; su sonrisa muescona me da la pista de que algo se había disparado para otro rumbo. Yo disimulo, me gustan sus verdades inventadas, después de todo las hace para mi. Los años pasan en todos lados y para todos, pero él estaba igual. Mis flores eran iguales, su espacio se mantenía como mantenido en el tiempo. La figura de Timoteo sentado debajo del árbol, su mirada en el camino como esperando que algún paisano levante el talero en señal de saludo a su paso, todo igual.
En uno de mis tantos regresos la imaginación me impacientaba, y la ansiedad de verlo allí viéndome llegar por el camino de tierra, hacía que mis pies fueran más rápido que el resto del cuerpo. Primero debía atravesar la tranquera de entrada, la de la vueltita obligada por ser mi columpio de niña, y el placer del recuerdo ahora de grande. La llegada era afectuosa, con besos y abrazos cálidos. Enseguidita el mate esta listo con la alegría de volvernos a encontrar. No tarda en venir la historia, quizás, una de las últimas; y esta comienza como de costumbre, refregándose las manos como si tuviera frío antes de decir: “Cuando conocí a Eugenia María había llegado de España con su hermana y un tío, no eran más que los tres. Me gusto apenas la vi; ella guardo su lugar de señorita y me ignoró, pero yo insistí; de apoco nos fuimos conociendo hasta que nos casamos y tuvimos dos hijos. Pero ya antes había estado de novio, apalabrado y todo.” En ese momento la historia formó otra historia, y mi corazón latió como advirtiéndome que ésta no sería como las otras. Siguió “Era una chica linda muy buena, yo era arriero, pasaba por su casa, nos vimos hablamos y después de un tiempo nos dimos palabra de esperarnos. Después la vida te lleva y te trae para otros rumbos. Un día, cuando Juan, tu tío, ya estaba grandecito, fui a verla. Le conté y le devolví su palabra para que no me esperara y haga su vida”. Las palabras que siguieron se mezclaron con las mías y con mi asombro por oír aquello. Se me encendió la cara y una locura, furia o no se qué sentimientos, me hicieron explotar en reproches. Salían de mi boca miles de preguntas sin respuestas, claro. Todo en ese instante, sofocaba cualquier entendimiento lógico en mí. Era la primera vez que pensaba y actuaba de manera diferente.
Mi condición de género me llevo a ponerme en el lugar de aquella mujer de otro tiempo, que en otro lugar, había escuchado aquellas palabras con su corazón desenfrenado, por un amor que se apagaba en ese instante, no antes, no después. Ahí, pero también aquí y ahora; quede, ¡quedamos?, perplejas por lo despiadado, por lo frío. Llore, y llore en silencio, escondiendo mi dolor; escuchando en mi cabeza: “le fui a devolver la palabra“. Como si el tiempo fuera un halo de vida perdido en el espacio tan tenue, que apenas se podría percibir. Nada que pudiera decirme, calmaría en mí el fuego que anulaba al límite cualquier razonamiento.
Timoteo Vergara fue mi abuelo; el que me hacía reír, el de los cuentos en donde todo estaba bien. Pero también fue un hombre con una historia real parte de su larga vida, la que yo comencé a aceptar más allá del final que hubiese querido. El tiempo que pasó fue largo y aquel sentimiento alocado había provocado en mí, un crecimiento maduro. Aquel por el que se deja de ser niña para comenzar a pensar dándole a las cosas, una inevitable racionalidad. Sin embargo, a veces vago nuevamente entre el asombro, la verdad, y lo irreal, y me consuelo.

Por: Nelly Esther Fiasque.